Casa de Barrios: Relato de Asesinos

Capitulo 3: Un Paseo Por La Sima
Bruno yacía tendido en el frío piso de mármol a los pies de la escalera, un río de sangre fluía de su costado donde, una pluma de oro, le había perforado un pulmón. El dolor era su única compañía; podía sentir cada uno de los quince golpes propiciados por cada uno de los quince peldaños durante la fuerte y larga caída. Quince.
- ¡Leonora! - pensaba malherido - ¿Qué te he hecho?
La fina tela de su elegante corbata se hallaba atorada en el pasamanos, producto de su estrepitosa caída, le provocaba sensación de asfixia, pero sin llegar a quitarle el aire por completo; pero sin embargo, al sumarse a la sensación de ahogo por la sangre en sus pulmones, se creaba una fatal, pero perfecta combinación que le sesgaba la vida lenta y dolorosamente.
El piso parecía hundirse, las paredes se alargaban hacia el cielo infinito y el techo desaparecía en una etérea luz lejana que asemejaba la eternidad. Por un momento, Bruno dejo de sentir dolor y se sintió flotando a la deriva en el mar calmo y vasto del limbo. En su cabeza, la palabra “Asesino” resonaba una y otra vez. Cada vez mas fuerte que la anterior, tanto que lo volvía muy pesado, como si cada vez que esa acusadora palabra se repitiese le sumara un kilo, y así, uno a uno hasta llegar a ser millones que lo alejaban de aquella tranquilizadora luz, succionándolo mas y mas hacia el profundo vacío.
La gracia de la vida abandonaba a bruno paulatinamente, pero este no era el final para él, era solo el principio de su travesía. El empresario comenzaba su tortuoso descenso hacia la sima.
- No mires hacia abajo
Le decía una decrepita voz extrañamente familiar que se apago rápidamente entre los ruidos del abismo. Bruno intento instintivamente aferrarse a algo, pero no había nada a lo cual asirse. El descenso procedía con vertiginosa rapidez. Angustiosos gritos, gemidos y lamentos guturales aumentaban a medida que el descenso también lo hacia. Ahora sus ojos abiertos grandemente, observaban con espanto como poco a poco emergían de la oscuridad las lóbregas paredes de roca milenaria ennegrecida por los años y la escasez de luz que ahí reinaba. Era imposible reprimir cualquier sensación de angustia mientras se internaba en aquel oscuro abismo.
El miedo que oprimía su pecho corría paralelo al interminable descenso, undiendose cada vez mas en una oscuridad que espesaba junto con aquellos lúgubres sonidos. El aire se tornaba irrespirable, tan denso y pesado que parecía fluir como un líquido. Mientras bajaba, las sombras de las grietas y las partes salientes de la roca, se elevaban a su paso cual espectros que desesperados, quisieran fugarse de aquella infernal fosa; y hasta su propia silueta cayendo hacia el vacío tornábase de pesadilla.
Al cabo de un tiempo incalculable por algún ser mortal, la caída termina abruptamente al estrellarse en suelo firme, un fuerte golpe tras una interminable caída que le provoco un profundo dolor punzante que, sin embargo, desapareció casi tan pronto como comenzó. Tembloroso, se puso en pie y fue entonces cuando comenzaron a zumbarle los oídos casi a punto de llegar a destrozarle los tímpanos. El sonido era tan fuerte y penetrante que cayo al suelo nuevamente, ahora revolcándose de dolor.
- Levántate y ve – le dijo nuevamente aquella voz.
Aquella voz le hablaba directamente al subconsciente, mientras los destrozados oídos de Bruno dejaron de escuchar aquellos infernales zumbidos. Al poder reaccionar, levantó la cabeza y quedo inmóvil al presenciar la entrada de una estrecha galería con forma de bóveda que se extendía frente a él hasta perderse en una sórdida y profunda oscuridad. Se encontraba en la sima del abismo; al presenciar esa escena, Bruno se creyó de pronto como un niño precipitado hacia las fauces de un monstruo voraz arrojado sin más hacia un mundo incomprensible dominado por el terror y la impiedad.
Se limpio el sudor con el dorso de la mano, y escudriñó el pasadizo con los ojos desorbitados. Todo el horror de la situación se le hizo presente en su ser.
- Camina
Aquella voz había vuelto a hablarle, que de alguna manera le resultaba familiar y con el mínimo esfuerzo había recordado que era la misma voz que anteriormente le había acusado “asesino”.
Atemorizado, comenzó a internarse en el negro túnel. De la techumbre, cruzada por gruesos maderos, caían continuamente grandes gotas de un líquido oscuro y hediondo, cuyo olor agrio, comenzaba a llenar los pulmones de aquel pobre diablo provocándole ancadas de asco a cada paso. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad subterránea que llenaba aquella vasta galería. Mientras caminaba, sus pasos resonaban con ecos apagados, los cuales eran absorbidos por aquellos agónicos gemidos y lamentos que permanecían susurrantes en la sima.
A lo lejos, podía apreciarse apenas una silueta humana, que aunque se encontraba iluminada por un moribundo halo de luz, podía distinguirse en su rostro la sonrisa que se dibujaba. A medida que se acercaba podía vislumbrar una especie de gruta excavada en la roca al final del túnel. Desde el fondo de aquel espectral agujero, se asomaba aquel tenue resplandor que al estar ya lo suficientemente cerca, Bruno pudo descubrir que provenía de un viejo candil que colgaba por encima de aquella amistosa figura. Despedía una sucia luz aceitosa y malicienta, llenando el ambiente de sombras y dándole al lugar la apariencia de una cripta enlutada. Bruno comprobó con aversión que aquel hedor agrio se había intensificado, siendo mas acre y penetrante que antes, el mismo hedor que adquiere la carne descompuesta tras largo tiempo. 

Titubeante, seguía avanzando hacia aquella silueta, casi albergando alguna esperanza; sus ojos se iban adaptando gradualmente a medida que se acercaba a aquella mórbida luz. Caminó hasta llegar al fondo de la galería, y ahí, sentado tras una gran mesa de basalto a una altura descomunal, se encontró con aquella silueta que anteriormente le parecía un amigo sonriente en la distancia. Pero, las pocas esperanzas de Bruno murieron cuando, petrificado por el horror, observo atónito el rostro de aquella figura. Era un hombre muy entrado en años, de larga barba sucia y grisolenta, en su cara, no era una sonrisa, eran sus mejillas consumidas por la putrefacción que habían dejado expuestos aquellos grotescos y verdosos dientes, tatuándole permanentemente una morbosa sonrisa en el rostro; el resto de su cara se hallaba cubierta por ulceras supurantes y restos inmencionables .

El viejo, hacia anotaciones en un enorme libro forrado en piel, parecía ser incluso más viejo que su dueño. Su negro traje hacia resaltar, en la frente y los pómulos, los fragmentos de hueso que el tiempo había expuesto, haciendo que sobresalieran de la carne por demás podrida y engusanada.


- D-do-donde e-estoy? – Tartamudeo Bruno bajo absoluto terror.


Pero el viejo hizo un ademán enérgico con el brazo, a lo cual, aquel patético hombre atemorizado, calló automáticamente, y, extendiendo la otra mano sobre el pesado libro, señaló con el índice (más bien una falange con repugnantes retazos de carne muerta) un punto sobre la página de su infinito registro, luego exclamó con su voz sepulcral:


- Bruno, Bruno Barrios – vociferaba el viejo con tono duro y severo – No sabes donde te encuentras?


- N-no se-seño, yo…

- ¡CALLATE! – Le interrumpió fuertemente – mira a tu alrededor.

La luz se intensifico golpeando los ojos de Bruno, y al girar su cabeza pudo observar fácilmente a su alrededor. Lo que vio lo dejo absorto. Aquel goteo, ese liquido viscoso que se escurría desde el techo y las paredes, era sangre podrida, por momentos convertida en pus, formando repugnantes charcos hediondos en el suelo; el techo, no eran maderos lo que le atravesaban, son siniestras formas óseas, huesos humanos que descansan sobre las paredes que yacen recubiertas de rostros humanos, apilados uno sobre otro, mostrando sus grotescas muecas de dolor y agonía, la galería era una catacumba en la que sus habitantes no habían muerto, son todos ellos que al tratar de escapar emiten aquellos insufribles lamentos que reverberan en todo el lugar.


- Ahora ya lo sabes, estas en mis dominios.


Una macabra risa emergió del viejo, marcándole aun mas aquella sonrisa siniestra en la mascara de putrefacción que tenia por rostro, ni siquiera se le podría llamar sonrisa, era mas como un gesto que deformaba las escabrosidades de sus facciones en una mueca gutural de cinismo.


- U-usted me ha tra-traido acá? Usted me llamó asesino?

- ¡No seas estúpido! – grito arrogante el viejo – ese has sido tu mismo. Fue tu consciencia quien te hablo cuando ni siquiera pudiste soportar el peso de la culpa. Ha sido tu consciencia quien te guió hacia mí.
- Entonces yo…
- ¡CALLATE! - Le grito el viejo nuevamente mientras lo observaba bajo una mirada acusadora y de escrutinio.

Hubo silencio entre ambos por unos breves momentos, roto solamente por los lamentos de aquellas almas penantes enclaustradas en las paredes de la gruta.


- Has asesinado a dos personas

- No, yo no…
- Cállate, es hora de elegir tu castigo – le decía con tono aun mas severo sin quitar la vista de aquel enorme libro – veo que querías mas a tu casa qua a Leonora
- Señor yo…
- ¡Cállate he dicho! No oses el interrumpirme nuevamente – dijo aquel vejestorio ahora con tono enfurecido – Hablaras solo cuando yo te lo permita o te arrancare la lengua.

Hubo silencio nuevamente, el aire se había vuelto tan turbio y enviciado que será sofocante, el hedor y los horrorosos sonidos saturaban la mente de Bruno. Sudaba profusamente, pero tenia miedo incluso de moverse.


- Entonces Bruno – replico el viejo con tono mas gentil – Amas tu hogar? Te gustaría regresar a tu dulce y a cogedor hogar, tu amada Casa Barrios?

- Si señor – dijo Bruno con voz mas que temblorosa
- Pues entonces que así sea. Ese será tu destino, regresaras a Casa Barrios y tu consciencia será tu compañera eterna. Pero ahora, no solo vivirás en esa casa, si tanto la amas, entonces serás parte de ella, vivirás por y a través de ella, tu casa y tu serán uno solo y tu sed, tu ira, tu hambre, tu agonía y todos esos sentimientos que ya conoces no se saciaran, no encontraras paz alguna que te haga descansar. Vagaras errante por siempre, acompañado de tu conciencia eterna. Ahora ¡VETE!, ¡Desaparece de mi vista!

El viejo comenzó a reírse de manera demoníaca, casi descontrolado y su risa sepulcral era tan fuerte e inundaba todo aquel lugar que opacaba incluso aquellos lamentos agobiantes que también se habían intensificado de repente. Bruno era tomado por miles de manos que emergían del suelo, halándolo hacia abajo hasta desaparecer en un charco de pus y sangre podrida.


Luego, aquella gruta se transformaba lentamente en la escena de su muerte, en un momento se hallaba nuevamente en Casa Barrios. Aquel charco de pus era ahora un charco de su propia sangre que escapaba de el, llevándose con ella su propia vida. Bruno yacía tendido en el piso de mármol a los pies de la escalera, la corbata lo asfixiaba y la sangre en sus pulmones lo ahogaba lentamente. Su vida acababa lenta y dolorosamente. El dolor, la desesperación, la sed, la vergüenza, el hambre, la ira, la agonía… todos los sentimientos encontrados durante toda su vida, los vividos por él y los causados a otros por él, todos aumentaban infinitamente su intensidad dentro de Bruno, se estaba convirtiendo en una brutal tortura que, de alguna manera, él sabia que duraría eternamente. Bruno sentía como estaba siendo succionado hacia abajo, fundiéndose poco a poco con su querida Casa Barrios, hasta que las tinieblas se apoderaron de todo…


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